Por decano.com
17 Jun 2013
aniversario

Nada hace parecer que esta hazaña llegue a ser igualada, ni tampoco aquel equipo que, seguramente, fue el mejor que pisó las canchas uruguayas.

El estadio estaba repleto, habían 60.000 espectadores, ellos serían testigos de la goleada más importante propinada por un equipo grande sobre el otro.
En el preliminar había habido un anuncio de lo que luego sería el acabose. Es que Urruzmendi había marcado los cuatro goles con que Nacional derrotaba a Peñarol.

Estaba todo listo, Nacional ingreso con: ANIBAL PAZ, ROMERO y D.RODRIGUEZ CANDALES; LUZ, GALVALISI y GAMBETTA; LUIS ERNESTO CASTRO, el rosarino FABRINI, ATILIO GARCIA, PORTA y ZAPIRAIN. ¡Qué monstruos!.

Los rivales ingresaron con: Roque Maspoli, Bermúdez y Muniz; Raúl Rodríguez, H.García y Piñeiro; Domingo Gelpi, Vázquez, Crucchi, Severino Varela y Núñez.

Estaba todo pronto, para el inicio del partido Nacional atacaría sobre el arco de la Amsterdam, en el primer tiempo, Nacional contaría con el sol como ventaja y Peñarol con el viento a favor a las 17 y 50 comenzó la fiesta popular. Como anécdota, en medio del encuentro cuando Nacional se preparaba para hacer efectivo un tiro libre, el juego es detenido por la presencia del Ministro de Guerra de Argentina, y por tanto se escucharon las estrofas de los himnos del Uruguay y de Argentina. El primer gol lo concretó Zapirain, hay un rebote en el área y Bibiano con tiro corto y de zurda la manda a guardar. El segundo gol, al minuto 35 cae un centro en el área aurinegra enviado por Zapirain que esa tarde estaba inspirado, se molestaron entre Maspoli y Bermúdez, la pelota quedo picando en el área chica y ¿qué puede pasar con una pelota suelta en el área?, claro es gol de Atilio García, la pelota entra lentamente, como si fuera un sufrimiento para Peñarol, que veía como algo inevitable el gol inminente.

El tercero, Fabrini remata la pelota va camino a la red, el zaguero Piñeiro quiere sacarla pero no hay caso, es gol ese día el arco aurinegro tenía un imán y atraía a los remates de los muchachos tricolores. Así terminó el primer tiempo con un categórico 3 a 0, que hacían vaticinar una goleada, porque tramite del partido indicaba que no era partido, era bailongo.

El segundo tiempo no cambió en nada Nacional seguía siendo una tromba sobre el arco de Maspoli.

En una hermosa jugada que inician desde la mitad de la cancha entre Porta y Zapirain, un tuya y mía, Bibiano levanto un centro atrás, y Atilio peina la pelota en el primer palo, a ese mismo lugar va Maspoli, pero la pelota ingresa por el otro palo, fue el cuarto.

El quinto una joyita, Porta apoya a Luis Ernesto Castro, éste deja por el camino a Piñeiro, sale Muñiz a la marca no lo puede agarrar, ve adelantado a Maspoli, tira un globito, y es gooolllaaazo.

Estamos roncos de "escribir" tantos goles, tanta belleza técnica, tantos recuerdos hermosos.

Hasta que llegó, el sexto, la frutilla de la torta, el partido se moría faltaban escasos minutos, Porta que había brillado esa tarde como todo Nacional, remata un disparo fuerte que hace inútiles los esfuerzos de los defensas aurinegros.

Hasta aquí, el recuerdo de los goles que Nacional convirtió aquella tarde bolsilluda, nunca nadie pudo derrotar a Nacional por más de 5 goles de diferencia, y ahora Nacional estaba derrotando a nuestro clásico rival por 6 goles. Goleada nunca recibida, y goleada clásica inigualable. Desde el inicio de la disputa clásica en el año 1914 hasta hoy este es el score más humillante que un equipo le propino sobre otro. Debemos recordar que la anterior plusmarca la había marcado Nacional cuando Atilio había marcado 4 goles, para la victoria por 5 a 1. Lo que lamentamos es que esa tarde pudieron ser diez y sólo fueron seis.
Delantera de 1941: Castro, Fabrini, Atilio, Porta y Zapirain
José María Delgado que fue premiado ese año con el Premio Nacional de Literatura, escribió sobre este hermoso recuerdo:

" Por fin, señores, llegó la hora solemne, el primer equipo de Nacional piso el campo de juego ante el saludo atronador de sus miles de parciales. Nadie, señores, dudaba de su triunfo, la incógnita estaba en el resultado final. La formación del team de Nacional no ofrecía modificaciones. Los once campeones que junto a Ciocca el magnífico y a Cabrera el pequeño gigante, realizaron la hazaña estupenda, asombro de toda la afición deportiva, de vencer al rival de toda la vida por el inigualado score de seis a cero, son nuestros homenajeados de honor y para ellos, señores, el aplauso consagratorio, el aplauso de gratitud y reconocimiento en forma definitiva la gloriosa e inigualada campaña de 1941. Yo no sé señores, cuál habrá sido vuestra impresión, pero perdonad mi fantasía, alucinación o como queráis llamarle, en ese momento me pareció ver que ese shot fulminante, dentro del arco, no sólo la pelota, sino a todo el team adversario.

Quedándo solos sobre la gramilla del estadio los once campeones de Nacional y que la Torre de los Homenajes se inclinaba reverente ante ese equipo que acaba de realizar la más grande hazaña que registra la historia del football uruguayo. No voy a entrar en detalles de ese partido inolvidable, porque necesitaríamos días enteros para su completa descripción, sólo voy a recordar que estábamos en las postrimerías del partido, el score resultaba ya catastrófico para nuestros rivales. En las tribunas, había comenzado hacia rato el lento desfilar de muchos espectadores hacia las puertas de salida; unos mustios, cabizbajo, musitando palabras entrecortadas de resignación y tal vez de reconocimiento a una superioridad que no admitía dudas; otros sudorosos, congestionados vociferando epítetos contra dirigentes y jugadores, cuando en verdad de verdades, hay que reconocer y declarar a todos los vientos que los jugadores de Peñarol, demostraron verdadero espíritu deportivo, al aceptar la victoriosa superioridad de Nacional, sin un arrebato, sin una brutalidad que indudablemente hubiese empañado esa magnífica fiesta.

En el otro sector, las multitudes adictas al equipo campeón, semiagotadas su fuerzas ante tantas emociones y enronquecidas sus gargantas de tanto festejar las sucesivas conquistas de los suyos y el despliegue de armoniosas jugadas que se sucedían unas tras otras, pañuelo en mano, saludaban sonrientes a aquellos que desfilaban a la vez que se daban una tregua para la explosión final.

Todo parecía terminado, pero esa final del partido era a la vez el final del duro bregar de todo el año y para cerrar el expediente era necesaria rúbrica del director, del capitán. En el cielo se iba amortiguando la luz, que insensiblemente cambiaba de colores, el azul celeste se fundía en un rosa suave, en resplandores de oro en los que el sol, se escondía. Por el centro del campo, se inicia el centésimo avance de nuestro quinteto, la pelota va de los pies de uno a otro de nuestros defensores, hasta que se oye claramente la voz de mando del capitán: ¡mía! gritó, y la rúbrica de que hablaba hace un momento cerraba,

Señores: Seguro estoy de que el espectáculo de esa tarde memorable del 14 de diciembre de 1941, no se borrará más de la retina de los que tuvimos la dicha de presenciarlo."

Todo dicho, para qué decir más.





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