Por Ernesto Flores
31 Ago 2017
1903

El 13 de setiembre de 1903 comenzó el cimiento de los destinos de Nacional y Uruguay.

El entusiasmo despertado entre los aficionados a tan simpático sport reunía esta vez un interés todavía mayor debido a la concurrencia de nuestros vecinos, que después de haber sostenido valientemente la prueba efectuada el año pasado con los representantes de la Liga Argentina de Football, que al trasladarse a Montevideo dieron el primer paso que estableció la corriente de simpatía y acercamiento entre los jugadores de ambos bandos, quisieron retribuir la visita y medirse nuevamente con nuestros campeones. 

Una comisión compuesta de los señores W. Leslie, Jorge Brown, J. Diggs y J. B. Cambell, esperó en la dársena el arribo de los distinguidos huéspedes, tributándoles las atenciones y finezas que exigía la categoría de los visitantes.

Después del almuerzo con que fueron obsequiados en el Aue's Keller, y en el que reinó la más franca y amistosa cordialidad, la comitiva se trasladó al local en que tenía lugar la fiesta, el cual ofrecía el admirable aspecto que contribuía a darle la concurrencia de cerca de 4.000 personas, sobresaliendo como la nota más alegre y simpática la presencia de numerosas familias que se preparaban a seguir en todas sus emociones las distintas fases de la lucha. 

De esta manera relataba una crónica argentina del día 14 de setiembre de 1903 lo que fueron los momentos previos al partido del 13 de setiembre. Pero esta historia comenzó mucho antes. En el momento mismo en que el árbitro argentino Roberto Whall Rudd pitaba el final del partido en el que la selección argentina se impuso 6 a 0 al combinado uruguayo un año antes. El 20 de julio de 1902.

Las football leagues de ambas márgenes del Plata habían crecido en forma casi paralela. Los comienzos del fútbol habían sido bastante similares y, si bien Argentina nos aventajaba en inicios y desarrollo, la posibilidad de llevar al terreno del fútbol las históricas diferencias entre ambos pueblos era, cuando menos, muy tentadora. Por no decir inevitable.

Fue así que, en 1902, ambas ligas resolvieron organizar una serie de partidos —sin finalización determinada— que habrían de pactarse en régimen de «ida y vuelta» y en los que solamente podrían intervenir jugadores nativos. El primer encuentro se disputó el 20 de julio de 1902 en Montevideo, por lo que el partido revancha habría de jugarse en la ciudad de Buenos Aires, el domingo 13 de setiembre de 1903.

Veinticinco días antes de la fecha fijada, la Uruguay Association Football League (UAFL) dio a conocer la lista de jugadores convocados para disputar este encuentro, tomando como base al equipo campeón de 1902 —Nacional— y reforzándolo con tres jugadores del CURCC. La diferencia en cantidad de convocados generó un reclamo por parte de las autoridades inglesas del CURCC, que sentían casi como una afrenta la diferencia en favor del club de los orientales. El mayor grado de indignación entre las autoridades de la institución ferroviaria radicaba en la exclusión de quien era considerado la figura de su team, el mid center Lorenzo Mazzucco. Mazzucco era un criollo que había llegado al CURCC en 1897. Cobró destaque por su personalidad y se distinguía en el juego por elevación. Otra característica saliente era su voz de mando. Solía arengar a sus compañeros con el nada criollo grito de «Come on, fellows!».

La Liga no aceptó el reclamo del CURCC y sostuvo su decisión inicial. Ante esta sentencia, el club del ferrocarril resolvió negar la cesión de sus jugadores, por lo que la UAFL convocó rápidamente a dos jugadores del Montevideo Wanderers, el arquero Enrique Sanderson y el defensa Enrique Branda. Ambos declinaron la invitación, Sanderson tal vez tenía firme en su recuerdo los seis goles que había recibido en oportunidad del partido del año anterior.

Así las cosas, se consideró que lo más sensato era declinar la invitación de la Argentina League. 

Es aquí —y más allá del resultado final del partido— cuando Nacional reafirma su compromiso con la nación. Luis Laventure (h), activo dirigente de los tricolores, propone que sea Nacional quien viaje en representación del combinado. El ofrecimiento es aceptado y a partir de ese momento se comenzó a labrar la más gloriosa página deportiva que puede detentar club alguno en el mundo futbolístico. Al decir del Sr. Roberto Mamrud , integrante de la RSSSF (Record Sport Soccer Statystic Foundation) en ocasión de la inauguración de una muestra fotográfica con motivo del centenario de la gesta de 1903: «Nunca antes —ni después— ninguna selección fue representada por once jugadores de un mismo equipo. Inclusive, a nivel mundial, ni siquiera en Inglaterra o Escocia —el gran Celtic o Rangers— podían entregar tantos jugadores a su selección. Esto es un mito muy grande, en un país inmensamente rico en fútbol».

Vale aclarar que el paso adelante dado por Nacional no se debía a un envalentonamiento de sus dirigentes —a pesar de que el club venía de obtener buenos resultados en Buenos Aires en partidos jugados ante Barracas (2 a 1) y un combinado de Belgrano y Alumni (1 a 1)—, sino más bien a una prédica que ha formado parte del ser nacionalófilo desde sus inicios: honrar la palabra dada y cumplir cabalmente con los compromisos contraídos, aun a costa de perjuicios de cualquier índole. Esta forma de ser Nacional fue sintetizada de manera clara en el discurso previo al partido que estuvo a cargo de don Eusebio Céspedes, padre de Carlos, Amílcar y Bolívar: «Sabemos que no podemos ganar; venimos como hermanos a cumplir».

Tres hurras

Los jugadores de Nacional corrían con una ventaja —que a la hora de jugar era una desventaja, pero que supieron torcer a su favor—: su edad. Al tratarse de jóvenes estudiantes que contaban, en su mayoría, entre 16 y 20 años, su única ocupación era el estudio, por lo que, habiendo asumido el compromiso lo afrontaron con total responsabilidad. Casi tres semanas antes del match, los jóvenes tricolores comenzaron a entrenar de manera diaria, como testimonia Domingo Pratt, primer capitán de Nacional e integrante de esa delegación en su calidad de presidente en ejercicio:

Todas las tardes, de las 15 a las 17, practicamos, en una época en que los demás equipos jamás podrían hacerlo, ni aquí ni en Buenos Aires, por sus ocupaciones particulares. Nosotros éramos todos estudiantes y el único que trabajaba era Carve Urioste, que por eso mismo se entrenó en el frontón del Círculo de Armas, dándole y dándole a la pelota…

Al fin llegó el día esperado. El 12 de setiembre partió en el vapor Tritón la delegación a cuyo frente iban don Eusebio Céspedes, José María Reyes Lerena como secretario, Domingo Prat —presidente de Nacional—, Alberto Mullin —representando a la League— y Mario Ortiz Garzón, a la sazón, el único suplente. Integraban el representativo uruguayo los footballers Amílcar Céspedes, Carlos Carve Urioste, Ernesto Bouton Reyes, Miguelón Nebel (Cap.), Luis Carbone, Gaudencio Pigni, Bolívar Céspedes, Gonzalo Rincón, Carlos Céspedes, Eduardo de Castro y Alejandro Cordero.

El partido se desarrolló en la Sociedad Hípica Argentina y fue arbitrado por Roberto W. Rudd, asistido en las líneas por el presidente de la Liga Argentina, Francisco Chevallier Boutell, y el presidente de Nacional, Domingo Pratt.

El triunfo de los orientales fue contundente, según crónicas de la época y ratificado por una misiva recibida por la Liga uruguaya de su similar argentina que decía: «Los miembros del team oriental se han portado como héroes. La línea de forwards ha sido la mejor que se ha presentado en nuestras canchas».

El encuentro finalizó 3 a 2 a favor de Uruguay (Nacional) que alineó a: Amílcar Céspedes; Carlos Carve Urioste y Ernesto Bouton Reyes; Miguel Nebel (Cap.), Luis Carbone y Gaudencio Pigni; Bolívar Céspedes, Gonzalo Rincón, Carlos Céspedes, Eduardo de Castro y Alejandro Cordero.

Por Argentina, formaron: J. H. Howard (Belgrano); Carlos Carr Brown (Alumni) y Walter Buchanan (Alumni); E. Firpo (Barracas), J. M. Penco (Estudiantes de Buenos Aires), Gottlob E. Weiss (Alumni), Juan José Moore (Alumni), Jorge G. Brown (Alumni), Charles E. Dickinson (Belgrano) y Eugenio Moore (Alumni).

Los goles fueron convertidos por Carlos Céspedes a los 21 y 58 minutos, Bolívar Céspedes en el minuto 61 y para Argentina J. G. Brown a los 58 y 84 minutos. Hubo un cuarto gol no validado por el árbitro, aunque sí por el línea, en ocasión de un tiro de esquina realizado por Bolívar y cabeceado al arco por Carlitos. El juez Rudd argumentó que él no había dado la orden para la ejecución del córner.

Según algunos relatos, al café de Graterola en Montevideo había llegado un telegrama informando que el representativo de Nacional caía goleado 5 a 0 al final del primer tiempo.

El triunfo de «los nacionales» tuvo una gran repercusión en ambas márgenes del Plata y aún hoy se le da una enorme trascendencia al hecho. El redactor responsable de la revista de la Conmebol, Roberto Barraza, precisó al cumplirse el ciento diez aniversario de la gesta que «Argentina presentó en esa ocasión lo mejor que tenía, y Nacional lo enfrentó, de visitante y con todos jugadores criollos ¡y le ganó 3 a 2! Este enfrentamiento tiene un significado múltiple. Porque le da lugar al criollismo en el fútbol y le da valor al clásico rioplatense».

En esta misma oportunidad, el integrante de la RSSSF, Roberto Mamrud, señaló que «por sobre todas las cosas marca una etapa, un comienzo. Esta es la semilla que plantó Nacional en ese año 1903».

Podemos asegurar que a partir de este triunfo —el primero de Uruguay en el ámbito internacional— comenzaron a cimentarse dos acciones que perduran en el tiempo. Una es la unión de los destinos de Nacional y Uruguay, que quedaron atados para siempre, y el otro se habría de dar poco tiempo después de la victoria. Luego de acallada la euforia inicial, ya pasados los agasajos y los obsequios, entre los que se contaron el de los uniformes que vistieron los jugadores en la ocasión —camiseta azul con franja diagonal blanca y una banderita uruguaya bordada a la izquierda, sobre el corazón y debajo de esta la sigla UAFL—, ya de vuelta en la actividad local, Nacional se encaminaba a conquistar nuevamente el título de campeón uruguayo. En el penúltimo partido del campeonato, Nacional enfrentó y venció al Uruguay Athletic por 4 a 0.

Fue un 11 de octubre de 1903, pero el formulario del partido no apareció jamás. ¿Qué había sucedido? Finalizado el partido, Nebel —como era costumbre en la época— invitó a llenar el formulario del partido al capitán del Uruguay Athletic, McCullin, pero este se negó, argumentando desconocer los nombres de algunos de sus compañeros.

Según dictaba el reglamento, si transcurridos siete días de disputado el cotejo, el formulario no era presentado en la Liga, Nacional habría de perder un punto. Fueron necesarias diez sesiones de la Liga y un duro enfrentamiento de los delegados del club oriental, que incluso reclamaron que se volviera a jugar el partido, para evitar que se cometiera una injusticia contra Nacional.

Este hecho, despertó la indignación de un cronista del diario El Tiempo, quien escribió, en la edición del 28 de noviembre de 1903, lo siguiente:

He aquí la conducta observada por la Liga. Tenemos aún fresco en nuestra memoria el digno comportamiento de Nacional, cuando se luchaba estérilmente por formar un cuadro que iría a defender los colores de Montevideo en la vecina orilla. El 13 de setiembre, arrancaron a triunfo uno de sus mayores lauros. La Liga Uruguaya lo ostentó orgullosa, y cuando llega el momento de mostrar gratitud, busca el modo de eclipsar el brillo, parapetada con su egoísmo de representante de clubs determinados.

Desde el comienzo de los tiempos, Nacional le ha dado más, mucho más a la Asociación de lo que ha recibido de esta.

Fragmento del libro "Nacional es Uruguay" de Ernesto Flores. Editorial 14, Montevideo 2013.






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